viernes, enero 25

El recuerdo de su rostro

Lo que no recuerda es su cara. Al principio no recordaba nada en absoluto. Tal hecho nos sorprendió a todos. Cuesta aceptar, porque la palabra que designa lo complejo es esa, aceptar, no es creer, no es entender, porque la gravedad de lo ocurrido permite lo primero y lo segundo sin mucho esfuerzo, porque lo difícil, lo realmente exigente en este caso, es aceptar que le haya olvidado tan violentamente.

Pues bien, al principio no recordaba nada en absoluto, pero se intentó revertir la situación. Con el tiempo fuimos explicándole de quién se trataba cada persona. Todos sabíamos que costaría mucho, basta pensar lo que implica reconstruir en la cabeza de alguien la imagen de otro, el lugar que ocupaba, la forma en que le veía, en que le quería, en que le confiaba, la alegría que le proporcionaban ciertos gestos, las conversaciones que le gustaba tener, el placer que le daba, las esperanzas que podía cifrar en ella. Podría enumerar eternamente.

Quizá las palabras correctas sean "contribuir a reconstruir la imagen".

Nosotros sabíamos que sería difícil, pero apostamos al esfuerzo. De cualquier manera, con algunos fracasamos y con otros no podría precisar qué fue lo que nos ayudó para salir airosos (por eso es mejor usar contribuir). En todo caso, el fracaso más estrepitoso es el que cuesta aceptar, como decía antes, puede llegar a ser creíble, puede ser comprensible, pero resulta doloroso aceptarlo.

Cada cierto tiempo nos sentábamos alrededor de su cama con diversos álbumes de fotos, refrescando su recuerdo de la gente en los retratos. La primera vez que vio a esta persona no reparó en él. Cuando le preguntamos con quién estaba en la celebre foto en que aparecen juntos, manifestó que le conocía de algún lado, pero no sabía bien de donde. Ante la insistencia, elaboró que quizá le había visto alguna vez en un concierto de piano o en alguna película o quizá pronunciando algún discurso en público, pero no estaba muy segura sobre ello.

Todas estas imágenes salían del noticiario que veía mientras nos contaba, el archivo sobre un joven Horowitz que interpreta apasionadamente los acordes de Tristán und Isolde (arreglos de Liszt sobre la obra de Wagner), el estreno de la última película de Di Caprio o el desfile de imágenes de diversos personajes del ámbito político universitario, enarbolando arengas sobre alguna causa, cualquier causa.

En todo caso, su primera reacción con la mayoría de las personas en las fotos fue similar. Calza en gran medida con la recién citada. Pero la evolución del recuerdo difería, al respecto, los médicos catalogaban los avances de positivos (también pueden haber dicho sorprendentes), lo que a todos nos daba esperanzas.

Mientras desfilábamos por su habitación, día a día, fuimos recogiendo alegres los síntomas de su mejoría: comenzó a preguntarnos por nuestros amores, a conversar más, a interesarse por los últimos eventos de nuestras vidas.

Yo, que vi como trataba a todos, encontré algo extraño en su forma de tratarlo a él, estas evidencias me guiaron:
1. Cuando ella estaba frente a su padre, escondía una serie de comportamientos que a nosotros nunca. Sus ganas de fumar, por ejemplo, jamás fueron conocimiento del progenitor.
2. Una vez, después de haber fumado toda la tarde, vino a visitarle esta persona. Ella dejó de fumar en cuanto él entró. En un instante incluso, mientras él le daba la espalda, ella me miró con ojos cómplices y se metió una pastilla de menta en la boca.
3. Antes del accidente, fumaba con él.

De cualquier manera, lo cierto es que su relación con todas las personas cambió. Algunas, como yo, comenzamos a compartir más tiempo con ella, otras, su madre por ejemplo, que si bien siempre estuvo muy cerca, ahora le cuida más intensamente, y bueno, está también esta persona: él se alejó.

Esto es lo que cuesta trabajo aceptar.

Ya estando ella en una situación que llamábamos normal, es decir, recuperada, quise indagar en el cambio que observaba con esta persona, las evidencias que recién citaba. Tomé esa celebre foto en que aparecen juntos y se la mostré. Me miró con la cara que se mira cuando no se entiende una broma o, peor, con la cara que se mira cuando no se entiende una broma por la que todos se ríen o quizá con la cara que se mira cuando la broma va sobre ti. Quité entonces la foto de sus manos, la dejé donde ya no podía verla y le pregunté si recordaba a esta persona. ¿A quién? me dijo. A esta persona, contesté yo. Pues sí, es un antiguo novio, pero no le veo nunca. Háblame de él. Recuerdo que su rostro es muy parecido al de mi padre. ¿Qué tan parecido?. Muy parecido, igual, dos gotas de agua, el mismo rostro quizá.

La celebre foto es más o menos así: un día soleado, una mesa de almuerzo familiar, es decir, repleta de comensales, muchos platos, muchas botellas y una torta con una vela encendida, el cumpleaños de ella. Esta persona aparece con los brazos triunfales en v, como un corredor que cruza primero la meta o como cualquiera que bosteza histriónicamente y ella le rodea la cintura en un abrazo, apegándose a él, apoyando la mejilla sobre su pecho. Los dos tienen la risa más grande que pueden configurar sus rostros.

Cuando era un niño todavía, me enamoré. Me enamoré profundamente. Durante alrededor de cinco años disfruté del amor con una mujer que también a mi me amaba. Me refiero a que al menos eso creía yo, que es todo lo que uno puede decir en estas materias. Se trataba de la primera vez que expresé que lo que sentía era amor y para ella fue la primera vez también. Fue la primera vez en que ella hizo el amor y para mi ocurrió del mismo modo. Fue la primera vez que lloré por una mujer o por la partida de una mujer y para ella, lo sé, fue la primera vez que lloró por un hombre o por estar tomando un avión al extranjero y dejando a un hombre.

Ya estando a más de 10 mil kilómetros de distancia, cada cierto tiempo, yo hacía el ejercicio de reconstruir su rostro en mi mente.

A los dos meses de su partida, cuando aún nos amábamos, cerraba los ojos y recorría los suyos, su nariz, su frente, sus pómulos, sus labios, su mentón, su cuello. Podía imaginarla detalladamente y eso me hacía muy feliz. A los cuatro meses, cuando ya habíamos decidido comenzar a ver a otras personas, cuando ya de alguna manera habíamos comprendido que lo nuestro había acabado, todavía podía recordar su rostro con exactitud, sin embargo, desde entonces habría que decir que me propuse olvidarlo.

No es que dejara de intentar recordar su rostro, de hecho, quise seguir ejecutando el ejercicio tanto como lo hacía hasta ese momento, pero deseé profundamente que en algún punto pudiese liberarme, que en algún instante ya me fuese imposible reconstruir su cara con los ojos cerrados. Esa cara que tanto necesitaba y que cuando llegase el día en que se hubiese borrado, ya no me haría falta.


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8 comentarios:

De paso dijo...

listo

Conti dijo...

justo iba a decirte que este fue el que más amé del grupo.

Cpunto dijo...

en las manos tengo grabado un rostro y una voz,

no leí a zambra pero ya que lo dice lo haré,

De paso dijo...

necesito un destinatario para mi libro empaquetado...

Ana dijo...

la misma
y usted?

De paso dijo...

no, no... no un destino. un destinatario... una persona... un damián de verdad... me entiende?

kany dijo...

Es tan dificil sacarse al otro del cuerpo,de los pensamientos...del alma

Vanadis dijo...

oie vaya que me encanto tu relato,es bastante dificil olvidar el rostro,el aroma el sonido de alguien que forma parte de ti,es como ke eso esta impregnado en ti y no se va,nunca,pork con el tiempo cuesta mas,el aroma se pierde y se confunde con la gente,el rostro se vuelve un oleo confuso,pero la esencia simpre sigue,siempre keda alguna raiz clavada por alli...
saludos!