domingo, abril 15

El extremo opuesto a la soledad

Me voy porque entendí, después de tanto, que mis relaciones no están siendo más que simulacros, sucedáneos de algo que apenas tuve unas cuantas veces: el extremo opuesto a la soledad.

Hubo una que recuerdo particularmente.

Estaba en las costas del mar de Aral, acababa de hacer el amor con una bella Kazaja, cuyo idioma jamás comprendí. Supongo que ella tampoco comprendía una gota del mio. Fue la única vez que lo hicimos, ahí en lo que antes era el fondo del mar, parecía que el placer no iba a agotarse, ella gritaba con los ojos cerrados, yo apreciaba cada centímetro de su cuerpo, afirmaba sus muslos, tomaba su cintura, sus hombros. Realmente sentí que nunca acabaría. Tuve esa irracional certeza mientras hacíamos el amor. Hasta que efectivamente se acabó.
Un momento antes de ese final, al unísono, presionamos nuestras caderas en una especie de cambré y una lágrima, por la inclinación de su cabeza, nace en su ojo derecho, sube por los albores de su nariz, visita un lunar en su frente y termina por perderse de mi vista, rodando entre sus cabellos. Yo segui esa pequeña gota, luego había terminado.

Ese momento fue.

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3 comentarios:

Cpunto dijo...

cuando uno ama se vuelve tan niño y a veces cree que entendió y no, no entendió nada y vuelve y se abraza a las mismas ilusiones,
me gustó mucho, con tema y todo,

c dijo...

estoy en eso bajando lo de habana...
gracias!!

(cómo pone la música, ah?)

$ickboy dijo...

La verdad es que no siempre los momentos como estos se encuentran tan cargados de irracionalidad.

Hay días en que uno comprende perfecto con no dura más que el momento y se sorprende simplemente, se sorprende de que pueda ser tan intenso.